LA RELIGIÓN NURBAKHSHI

Dentro del Islam, religión mayoritaria en Pakistán, hay diferentes facciones, Shia, Sunni, Ismaili. En el Baltistán se practica predominantemente el shiísmo y el sufismo nurbakhshi, siendo este último mayoritario entre los pueblos baltíes de la región oriental, donde se encuentra el valle de Hushe.

Dicha fe se remonta a la orden sufí cuyo nombre se debe a Sayyid Muhammad Nürbakhsh (1392-1464), místico iraní proclamado mesías en 1423 en el actual Tajikistan. Hasta su muerte peregrinó propagando su fe, pero fue medio siglo más tarde, bajo el liderazgo de Shams al-Din Iraqi, cuando los Nurbakhshis consiguieron predominio cultural en Cachemira. Sin embargo, duró poco su dicha, pues a mitad del siglo XVI fueron derrotados por los turcomongoles y muchos de ellos buscaron refugio en el montañoso Baltistán, donde lograron que los habitantes (tibetanos principalmente budistas) asumieran sus prácticas. Gracias a ello, perviven todavía con fuerza en dicha región.

El sufismo, más que una “religión” tal como lo entendemos en Occidente, es una práctica mística. Trata de entender las preguntas existenciales (qué hago yo aquí, por qué existe algo y no existe nada, cuál es la lógica profunda del mundo y de mí mismo, etc.) por medio de la interiorización personal. Ello implica ir más allá, o mejor dicho “más acá” de los procesos mentales ordinarios, es decir, de lo que normalmente pensamos sobre nosotros mismos y la realidad. Quienes practican dicho camino aseguran que al final encuentran la verdadera realidad, que podemos denominar “Conciencia” o “Dios” o cualquier otro término (pues dicha hipóstasis o “realidad originaria” estaría fuera de todo término o concepto que lo intentara aprehender).

El sufismo se caracteriza por ser el “camino del corazón”: todos sus esfuerzos se centran en provocar en el interior del practicante la “explosión del amor” que, según interpretan y vivencian, no es sino la forma más íntima de Dios. Ello lo diferencia de otros enfoques místicos que trabajan técnicas de observación emocional (meditación vipasana del budismo), observación mental (budismo zen), o suspensión de las percepciones (mantras hinduistas y tibetanos y rezos cristianos).

En la actualidad, algunos Nurbakhshis presentan su versión del Islam como un antídoto ante la violenta confrontación Sunni-Shií (facciones principales del Islam) intensificada desde mediados de los 80. Sin embargo, su práctica sufre ataques tanto de unos como de otros. Para entenderlo debemos recordar que el misticismo sufí es anterior al siglo VII, punto de partida del Islam. Los practicantes se amoldaron al nuevo escenario religioso, pero no siempre consiguieron mantener sus prácticas en paz.

Lo cierto es que tanto suníes como shiíes han perseguido a los sufíes a lo largo de la historia. Se debe a que la mística persigue la realización directa del “misterio existencial” o “Dios”, y las religiones estructuradas pretenden una realización mediatizada por formas sociales y ceremoniales que dirigen precisamente los mandatarios de la religión, es decir, los “intermediarios de Dios”. Por ello, las vías tienden a llevarse mal. De tal modo, los Nurbakhshis han sido sometidos durante todo el siglo XX a una normalización islámica” que prosigue actualmente con graves reflejos violentos dados con la permisividad e incluso la participación del estado de Pakistán.

Pese a todo, los baltíes mantienen su especial idiosincrasia cultural y religiosa (además de sus formas islámicas, la religión baltí incorpora influencias del budismo y del bon, una religión chamánica pre-budista). Sería penoso que la actual “talibanización” del Pakistán y las reacciones estatales ante ella, que ya han llegado a la región, acabaran de minar la religión baltí, un ejemplo sincrético admirable del diálogo religioso entre culturas.

 

Xabier Rentería, profesor UPV, 26-11/2007